La Balconada Revista

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Valle de Lecrín, GRANADA, Spain
Revista y agenda cultural del Valle de Lecrín

martes, 6 de diciembre de 2011

El Olmo de Melegís

Texto: José  López Roda/Fotografía:  Jaime Walfisch
Un árbol puede ser el centro de un microuniverso de historias y vivencias; historias pequeñas, modestas, pero también puede ser testigo de acontecimientos que cambian el mundo que conocemos.
 Ajenos a las “proezas humanas”, algunos árboles han visto nacer y desmoronarse civilizaciones, han sobrevivido a aberraciones militares, sociales, religiosas… Han asistido imperturbables a la codicia y al egocentrismo de los pueblos y sus líderes, y han compartido durante centenares, incluso miles de años, las miserias y riquezas de sus vecinos.

En la historia sólo hay que esperar para encontrar un lugar, y los árboles saben esperar. Su paciencia y fortaleza les hace grandes, y pasan de ser un simple ejemplar que refresca el verano, a un “símbolo de la historia de un pueblo.

Nuestro “Olmo”, el olmo de Melegís, es un de esos árboles singulares.


Las crónicas y los expertos datan su edad en torno a los quinientos años, periodo más largo que la historia de la mayoría de los países actuales de nuestro planeta.

Asistió al ocaso de la civilización árabe en el Valle de Lecrín, y al final de las luchas encarnizadas entre pueblos y religiones que dominaron la comarca entre el siglo XV y el siglo XVI, y casi como lactante empezó su historia a la par que la de la era cristiana. Las crónicas hablan que fue plantado cuando se terminó la construcción de la Iglesia de Melegís, construcción que se ejecutó entre 1562 y 1567 dirigida por Bartolomé Villegas. 

Cuando aún era un ejemplar de no más de un año, sobrevivió al incendio de la Iglesia de Melegís, provocado por los moriscos durante la sublevación de 1568, y en respuesta a la política de represión extrema de Felipe II. Tras haber aceptado la conversión obligada al cristianismo, los musulmanes fueros desprovistos de su lengua, sus costumbres, e incluso de sus propiedades y medios de vida. Los moriscos fueron expulsados al año siguiente, y la comarca fue repoblada con gentes que venían sobretodo de Castilla y Galicia.

Nuestro Olmo siguió con su desarrollo sin prisa pero sin pausa, viendo la decadencia en que quedó sumido el Valle de Lecrín durante los primeros siglos de dominación cristiana. Gentes nuevas que debieron acomodarse a condiciones de vida diferentes: diferentes manejos del agua, otros sistemas de cultivo, costumbres artesanales diferentes…

Pero el Valle de Lecrín tiene unos recursos naturales y antrópicos excepcionales, y eso permitió la “resurrección” de la comarca durante el siglo XVIII, y la llegada de familias acaudaladas, de buena posición, que nos dejaron como herencia las numeras casas señoriales blasonadas que hoy podemos ver en el municipio. En este siglo, nuestro árbol, un joven ya formado, se hizo Borbón y luchó de parte de la familia borbónica durante la guerra de sucesión.

En su larga vida tuvo que sufrir el terremoto de Alhama que afectó gravemente al Valle de Lecrín en 1884, y a la epidemia de cólera que diezmó la población al año siguiente.

En algo más de trescientos años sobrevivió a todos estos avatares y se asomó al balcón del siglo XX, esperando que la historia le diese un respiro, una madurez y vejez felices. Pero los de nuestra especie, los humanos, tenemos querencia a la bronca, a la desgracia y al rencor, así que en lugar del comienzo de una feliz vejez, nuestro árbol tuvo que asistir a una nueva guerra civil, y a una posguerra, si es posible, aún mas terrible que la propia guerra.

Parece que ahora sí, por fin la tranquilidad y la paz, casi cuarenta años sin sobresaltos, con una mejora innegable de las condiciones de vida de nuestros convecinos. Ahora es testigo de bodas, bautizos, entierros, fiestas populares, de la admiración de paseantes que se lo descubren al llegar al pueblo. 

Sin embargo, desde hace ahora 90 años, ha tenido que enfrentarse con la llamada enfermedad holandesa, la grafiosis del olmo, que en los años 20 del siglo pasado entró en España y terminó con el 60% de las olmedas de la península ibérica, y eso que según los expertos, la cepa que los atacó fue la menos agresiva. Un pequeño escarabajo que transmite la enfermedad acabó y sigue terminando con la vida de olmos centenarios que sobrevivieron a los acontecimientos más terribles de nuestra historia. Un nuevo golpe acabaría en los años ochenta con la vida de la mayoría de los olmos de nuestro país: la cepa más virulenta del hongo que provoca la grafiosis entró en España y se extendió casi sin control. Los individuos afectados en su sistema radicular, y los que tienen infectados más del 20% de su copa no tienen solución posible.

Y nosotros no hemos ayudado demasiado, más bien todo lo contrario. Los malos cuidados, la podas agresivas (cuántas veces hemos tenido que oír ¡pódalo en las guías, que le da fuerza al árbol!), alcorques que estrangulan la base, obras que afectan al sistema radicular… Y sobre todo la poca conciencia que tenemos del valor histórico y económico que tienen estos ejemplares arbóreos. Quinientos años de historia no pueden ser convertidos en leña fruto de un mal mantenimiento o de la escasa conciencia histórica y ecológica. Por eso debemos contribuir entre todos a la conservación en las mejores condiciones posibles de este ejemplar, empezando con la colaboración de los vecinos y vecinas, y terminando con un buen plan de mantenimiento a largo plazo, elaborado por técnicos/as capaces, en quién los poderes públicos puedan delegar. 

Un primer paso importante sería conseguir la catalogación como árbol histórico singular por parte de la Consejería de Medioambiente de la Junta de Andalucía, y un segundo paso que las instituciones, empezando por las municipales, no consideren el cuidado de estos árboles y de las zonas ajardinadas como un gasto, sino como una inversión en el futuro de las generaciones venideras.